La Familiaridad puede matar la reverencia.

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En nuestros tiempos, muchas personas terminan acostumbrándose a Jesús de una manera peligrosa. La relación con Él se vuelve mecánica: devocionales repetidos sin reflexión, cultos que se viven como rutina y una Biblia que, aunque conocida, rara vez se obedece de forma genuina. Esta “familiaridad superficial” genera la ilusión de cercanía espiritual, cuando en realidad se cae en la misma condición que encontramos en Nazaret (Marcos 6:1-6), un conocimiento externo de Cristo, pero una ausencia de fe viva que responda a Su autoridad y a Su palabra.

La familiaridad sin fe lleva al mismo problema que enfrentó Jesús entre los suyos. Ellos conocían su historia, su familia, su entorno; sin embargo, ese conocimiento meramente humano se convirtió en un obstáculo para reconocerlo como Señor.

Hoy sucede algo similar: la exposición constante a lo sagrado puede insensibilizar el corazón si no va acompañada de obediencia, reverencia y dependencia diaria. El peligro no es solo ignorar quién es Jesús, sino tratar lo divino como algo común.

Ejemplos actuales que lo ilustran claramente:

  • Jóvenes criados en hogares cristianos que, aunque crecieron escuchando acerca de Cristo, terminan viendo la fe como una herencia cultural más que como una verdad que reclama su vida. La figura de Jesús queda reducida a “lo que mis padres creían”, perdiendo así su carácter de Rey y Señor.
  • Personas que saben datos sobre Jesús, conocen historias bíblicas y celebran tradiciones cristianas, pero lo reducen a un elemento cultural o familiar. Para ellos, Jesús es parte de sus costumbres, pero no el fundamento de sus decisiones, prioridades y valores.
  • Creyentes que sienten que ya lo han escuchado todo, que ya “saben suficiente” y terminan acercándose a Dios sin hambre espiritual. La falta de asombro, de humildad y de apertura al Espíritu revela que la familiaridad ha reemplazado la devoción.
  • Además, con frecuencia dejamos de tomar en serio el crecimiento espiritual de quienes nos rodean. Nos acostumbramos a verlos igual, año tras año, sin considerar que Dios puede estar llamándolos, transformándolos o confrontándolos. La familiaridad nos hace perder sensibilidad ante lo que Dios quiere hacer en la vida de amigos, familiares y miembros de nuestras iglesias.

Conclusion

La familiaridad con Jesús puede convertirse en un enemigo silencioso de la fe. No porque Él haya perdido poder, sino porque dejamos de acercarnos a Él con asombro y obediencia. Así como Nazaret no reconoció al Mesías por verlo como “uno más”, nosotros también corremos el riesgo de tratar lo sagrado como común.

El llamado es claro: volver a mirar a Cristo con un corazón despierto, pedirle que renueve nuestra hambre espiritual y que Su Palabra vuelva a sorprendernos. Jesús no pudo hacer grandes obras donde no hubo fe, pero puede transformarnos si dejamos de acostumbrarnos a Él y comenzamos a buscarlo como Señor.

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Dr.Chris

Ministerio Expositivo